Opinión: «La paz como decisión, la paz como sentido, la paz como horizonte»

Por: Laura Sánchez.

La paz no es solo un ideal lejano o una meta de grandes tratados internacionales. La paz es una elección diaria. Un camino que se construye con pequeños gestos, con decisiones conscientes, con formas distintas de habitar el conflicto y de relacionarnos con lo que nos rodea.

Durante mucho tiempo se ha creído que la paz significa simplemente la ausencia de conflicto. Que es algo que sucede “allá”, en los grandes escenarios de la política o después de una guerra. Pero hay una paz más íntima, más cercana, que nos interpela en lo cotidiano. Una paz que se juega en lo que decimos, en lo que callamos, en cómo miramos al otro, en cómo respondemos a lo que nos incomoda.

¿Dónde empieza esa paz? Tal vez en lo más simple: en cómo resolvemos las tensiones del día a día, en cómo tratamos a quienes piensan distinto, en la manera en que elegimos hablar o callar ante una injusticia. Porque el conflicto no es en sí mismo un problema. El verdadero desafío está en cómo lo enfrentamos: ¿desde la imposición o desde el diálogo?, ¿desde la indiferencia o desde el cuidado?

Pero para poder sembrar paz, es necesario pensar. Y pensar con profundidad. Hay una idea muy importante de una filósofa llamada Hannah Arendt, que puede ayudarnos a reflexionar sobre esto. Ella decía que muchas veces el mal no llega con grandes explosiones ni con personas malvadas que se ven como villanos de película. A veces, el mal ocurre cuando dejamos de pensar, cuando simplemente seguimos lo que dicen los demás, lo que vemos en redes, lo que está “de moda”, sin preguntarnos si está bien o mal. Eso es lo que ella llamó la banalidad del mal: cuando hacemos daño sin darnos cuenta, solo por repetir, por no cuestionar, por quedarnos callados.

¿Les suena? Pasa, por ejemplo, cuando alguien se burla de otro en el colegio o en un entorno laboral, o lo excluyen, o comparten un meme cruel sin pensar en cómo se sentirá la persona. A veces lo hacemos por encajar, porque “todos lo hacen”. Pero ahí, sin pensar, ya estamos participando de algo injusto y violento.

Por eso, pensar es una forma de hacer paz. Hacerse preguntas, no dejarse llevar por todo lo que vemos en redes, atreverse a decir “eso no está bien” aunque nadie más lo diga, es una forma de cuidar a otros y a nosotras mismas. La paz no es quedarse quietos, es elegir con conciencia: elegir no humillar, no callar, no seguir la corriente cuando algo está mal. 

La paz, entonces, también tiene que ver con cómo elegimos cuidarnos y cuidar a los demás. Y aquí aparece otra palabra importante: La seguridad.. Pero no de esa seguridad que nos enseñaron a relacionar con armas o con fuerzas militares. Hoy, desde muchas partes del mundo  y especialmente desde el pensamiento feminista hemos aprendido a preguntarnos: ¿qué es lo que realmente nos hace sentir seguros y seguras?

Para algunas mujeres de Dabeiba, en Antioquia, la seguridad es poder resolver sus problemas por sí mismas, sin depender de ningún grupo armado. Para mujeres indígenas del pueblo Barí, la seguridad es poder pescar libremente en su río, sin ser amenazadas por industrias extractivas. Para muchas personas, la seguridad es saber que hay alguien que las escucha, o tener un espacio donde puedan expresar su espiritualidad.

Entonces, ¿qué te hace sentir segura o seguro a ti? ¿Cómo sería una seguridad construida desde la vida cotidiana y no desde el miedo? Las mujeres y los feminismos han aportado una mirada valiosa: la seguridad también se teje con gestos de cuidado, con salud, con redes comunitarias, con vecinos que se apoyan, con sentirse parte de algo.

Porque sí, las grandes transformaciones no siempre se dan en lo grandote. Muchas veces, ocurren en lo pequeño, en lo invisible: en cómo tratamos a quien piensa distinto, en cómo cuidamos lo que nos rodea, en cómo construimos comunidad.

Y hablando de comunidad, quiero detenerme en algo que me parece fundamental: la diversidad. En el preámbulo de nuestra Constitución de 1991 se reconoce que Colombia es un país pluriétnico y multicultural. Esto quiere decir que convivimos pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos, personas blancas, negras, mestizas, urbanas, rurales, con diversas orientaciones sexuales e identidades de género. Y también diversas formas de ver y habitar el mundo.

Miremos a nuestro alrededor, hay personas más altas, más bajitas, más morenas, más pálidas, con acentos distintos, con historias familiares distintas. La paz también empieza cuando reconocemos esa diversidad sin miedo. Cuando no intentamos uniformarnos, sino convivir en la diferencia. Si como sociedad hubiéramos aprendido a hacerlo antes, quizás nos habríamos ahorrado muchos conflictos.

Y finalmente, no puedo cerrar esta intervención sin hablar de la paz con la naturaleza. Porque durante siglos hemos vivido como si la naturaleza estuviera fuera de nosotros, como si fuera un recurso para explotar. Y ese divorcio nos ha llevado a la crisis climática que hoy enfrentamos.

La naturaleza también ha sido violentada. Y hoy, una de las mayores amenazas a la seguridad del planeta no son las guerras, sino el cambio climático. Por eso, es urgente reconciliarnos con ella. Volver a verla como madre, como hogar, como cuerpo vivo. Reconocer que sin ella, no hay futuro posible.

Entonces, para recoger, podríamos decir que hablar de paz es también aprender a pensar: a reflexionar sobre qué nos hace sentir seguros y seguras tanto en lo personal como en lo colectivo, a reconocer la diversidad que nos habita y nos rodea, y a entender que ningún intento de paz será completo si no incluye también a la naturaleza, de la que somos parte.

En esta intervención no quiero dejarles conceptos fijos sino preguntas frente a cómo vivimos la paz:
¿Cómo quiero vivir mis conflictos?
¿Qué me hace sentir segura o seguro?
¿Cómo puedo cuidar a quienes me rodean?
¿Y cómo me relaciono con lo diverso, con lo distinto, con lo natural?

Porque hablar de paz no es hablar de algo lejano. Es hablar de decisiones que tomamos todos los días. Y cada una de esas decisiones puede ser una semilla.

Para finalizar quisiera dejarles una frase de Virginia Wolf. 

«La paz no es el final de la tormenta, sino la calma que descubrimos al bailar bajo la lluvia, sabiendo que la vida, en su imperfección, sigue siendo un milagro.»

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